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EL ENCUENTRO CON EL OTRO
ES LA BASE DEL AMOR (tiempo de lectura aprox. 10 min)

Hemos hablado sobre el "amor primero" de la madre, el "amor segundo" a nosotros mismos que se fue formando desde pequeños en nuestro interior.
Queremos hablaros ahora del "amor tercero", que es el que pone a prueba a los otros dos, y que, basandose en ellos, parte hacia afuera, hacia un otro.

Nuestra vida transcurre a veces como en una especie de somnoliencia. Estamos dormidos frente a las cosas esenciales y andamos de prisa. Caminamos rápidamente creyendo que vamos a un lugar importante y no reparamos en las cosas del mundo simple, sencillo que nos rodea. Nos metemos adentro nuestro, lugar donde vivimos la mayor parte del tiempo y nos cargamos de proyectos, miedos, revisiones, o angustias.

Sin embargo, en algunos momentos, salimos de esa vorágine y , de pronto, extendemos una mano y nos encontramos con el calor de otra que se estrecha.

Escuchamos justo la palabra que necesitábamos. Nos cruzamos con una mirada que penetra hondo en nuestro interior. Nos confundimos en un abrazo que nos devuelve la fe en que la vida es algo hermoso.

Y nos damos cuenta de que el encuentro, ese encuentro con un tú, es lo más maravilloso que hemos experimentado, lo que en realidad siempre habíamos estado buscando.

Amar es fundamentalmente un encuentro, entre dos seres que salen de sí mismos, y ese encuentro está más allá de ellos, no es una suma, es un calor que los trasciende y una fuerza que los envuelve.

Cada uno tiene un camino personal que recorrer, donde nadie puede reemplazarnos. Nadie puede tomar las decisiones que sólo nosotros debemos. En los momentos más trascendentes de la vida, estamos irremediablemente solos frente a nuestro destino. Morimos individualmente, en soledad. Pero no podemos recorrer todo el camino solos. Sin un otro, nuestra fuerza se marchita, nuestra meta se desdibuja, nuestros proyectos pierden sentido. Según cada vocación el otro será alguien concreto.

"A veces me siento felíz, pero mi felicidad no es completa, hasta que puedo compartirla"

En ese encuentro que a veces parece mágico, nuestro amor irradia luz sobre el otro, y puedo ver aquello que tiene de hermoso, de único, esa persona. El amor es la fuerza más reveladora que existe, reveladora del alma, de lo verdadero, de lo que a veces está cubierto por muros de piedra, escondido por miedos entrañables al fracaso, al dolor de la pérdida, a la soledad. Proyecta el amor una luz sanadora sobre nuestros cuartos más oscuros y nos devuelve una inocencia y una esperanza que creíamos haber perdido. El amor nos hacer renacer, empezar de nuevo. No hay mejor caricia para el alma que la mirada de amor de alguien sobre nosotros.

Este encuentro, sin embargo, no se produce siempre, ni se da por decreto; a veces cuánto más lo buscamos, más nos elude. No puede obligarse a nadie a amarnos, no podemos abrir el corazón del otro con gritos, con golpes, con llantos. Si el otro no nos puede amar, si no puede abrirse, es inútil llenarnos de impotencia.

Muchas son las razones para que el encuentro tan deseado no se produzca. Pequeños o grandes traumas que nos afectaron de pequeños, que nos endurecen el corazón. Es sabido que el sentimeinto opuesto al miedo no es el odio, sino el miedo. El odio es una fuerza, como la del amor. Es una pasión. Pero el miedo congela todo, paraliza todo, corta los lazos, tapa los oídos del corazón, cierra la mirada, traba la boca, enfría las manos. El deseo más profundo en el ser humano es el deseo de ser aceptado, amado, cuidado. Cuando eso se tuerce, aparece el miedo a la pérdida y es ese miedo el que corta el canal que permite el encuentro.

El miedo provoca más desamor y más encierro en uno mismo. Entramos en un círculo vicioso en el que nos sentimos víctimas de la vida y que nos incapacita verdaderamente para amar. El miedo corta los vínculos con el mundo exterior, porque tapa nuestras vías de contacto con el afuera. Las tapa de un modo muy especial, porque el miedo con lo único que nos comunica es con nosotros mismos, con ese temblor que nos produce, con esa transpiración, con esa sensación en el estómago, con ese ardor en el pecho. El miedo silencia al mundo y ya no podemos oírlo. Sólo podemos oír los ruidos de nosotros mismos. Nuestros canales de contacto con el exterior, nos contactan con nosotros y perdemos la sensibilidad con el otro. Sólo somos sensibles para nosotros mismos, y no atinamos a nada. Decimos lo que creemos que nos conviene, escuchamos muy mal, nunca interpretamos al otro, a pesar de estar convencidos de estar haciéndolo. De pronto nos quedamos nuevamente solos... y no entendemos porqué. Resulta que hemos perdido el amor, pero no el amor propio.

El encuentro es todo lo opuesto, lo diametralemente opuesto. Cuando el encuentro es pleno, sólo atino a sentir al otro, y a sentirme comunicado por sus ojos, por sus manos, por sus palabras, por su mundo que me da y yo tomo como un sediento en un manantial. No reparo en mis ruidos, pues están en silencio. Vibra en mí una dulzura, una paz. Tengo mis canales de contacto absortos en el otro, y tal vez bajen los niveles de registro de mí mismo. La luz del otro invade la vida y siento una fuerza expansiva, comunicativa, envolvente y quiero decirle a todo el mundo que la felicidad existe, y es posible. El verdadero amor no queda entre dos, siempre es transmitivo a otros, a los amigos, a las familias, a Dios. Todos nos hacemos más buenos por el amor y es una experiencia tan trascendente, que nos hace fértiles, y por el amor viene la vida de los hijos.

No hay una única receta para liberarnos de aquel miedo, ni para sanar nuestras heridas. Pero sí hay caminos. Un camino que nos atrevemos a proponer es el camino del encuentro mismo. No podemos curar nuestro dolor de amar en soledad. En la soledad sólo fortalecemos nuestras defensas. En soledad podemos comprender muchas cosas, pero luego tenemos que abrirnos en paz, dejarnos ver por el otro, dejarnos transparentar buscandolo. En el riesgo de abrirnos al otro, como si nada en el mundo existiera, ni nuestro pasado, ni nuestro futuro, sino solo ese instante en que estamos allí, ante el otro, si logramos la comunión tan preciada, tendremos la oportunidad de curarnos. El encuentro pleno es la base del amor humano. Sin encuentro no hay amor posible. Lo contrario sería querer nadar donde no hay agua. Es ridículo, es sólo un sueño, es un autismo más, una fantasía.

Qué presupuestos requiere tal comunión?, daremos una base en nuestras próximas entregas.

Vamos adelantando algo, un camino que nos parece fundamental es el camino del perdón y del arrepentimiento.

 

Continuará...