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AUTOESTIMA, EGOCENTRISMO Y LA AUTOPOSTERGACIÓN:
REMEDIOS QUE ENFERMAN Y REMEDIOS QUE SANAN.

Quizá hemos tenido o tenemos la vivencia de estar en armonía. La armonía es esa cualidad inexplicable, ese estado del ser en el cual estamos centrados en nosotros mismos y abiertos al mundo, apoyados en nuestro ser y dispuestos a la entrega. Es un estado dinámico, y muchas veces frágil.

En el camino de descubrir qué es el amor, decimos que la autoestima, el amor a uno mismo es importante. Partimos de esa base.

Pero cuando tratamos de definir la autoestima o de cultivarla, de hacer cosas para “estar bien”, muchas veces aparece un egoísmo velado, higiénico, que a primera vista pareciera saludable, pero que es un camino equivocado. Se confunde, se mezcla el camino hacia la autoestima, con el camino hacia la autosatisfacción. He visto personas que en un afán de sentirse bien ellas mismas “para luego poder darle al otro” nunca llegan a conectarse con el otro. Y con el argumento de estar sanandose a sí mismas, piden al otro que apoye un proceso que solo llevará a separarlos. Son personas que por no tener sanada la autoestima sienten “ruidos” en su voz interior. Y esos ruidos les impiden oír las voces que provienen del exterior. Y están atendiendo permanentemente a esos ruidos, y tratan de acomodar la realidad para tratar de encontrar algo de paz. Centran su atención en sí mismas, en sus necesidades, gustos, deseos, preferencias y manejan el entorno para que se adecúe, y poder brindarse a los demás en una etapa posterior, que rara vez llega.

He visto además personas que no se valoran y que entablan relaciones aparentemente desinteresadas, pero su DAR no es dar de verdad. Son personas que todos califican de altruístas, y en el fondo tal vez sea éste un mejor camino que el primero. Pero que se postergan siempre, y a la vez se sienten vacías, mártires, sometidas. En realidad siempre necesitan ser como el otro espera que sean. No se sostienen ante el otro, es como si se licuaran, como si perdieran su contenido, lo escondieran, mostrando a veces una cara que no es exactamente su propia cara. Buscan siempre contemporizar, buscan el equilibrio, la convivencia con el entorno adaptandose indefinidamente a él, pensando que luego, después de que todo esté tranquilo y haya paz, podrán ocuparse de sí. Cosa que rara vez llega.

Tambien he visto quienes necesitan de algún modo huir de sí mismos y volcarse hacia el afuera de sí. Y esto tiene más urgencia que lograr una comunión interior con el otro. Traban vínculos que son para tapar vacíos, para llenar alguna necesidad primaria no reconocida, o curar alguna herida no cerrada. Son relaciones donde el dar no viene a ser un don de sí, sino un acto compulsivo, tal vez por miedo al rechazo, a la indiferencia, al abandono, al desamor. Piensan que cuando se calme ese vacío, cuando estén definitivamente acompañadas, allí podrán realmente ser sí mismas y vivir en plenitud. Pero esto también rara vez llega.

Todas estas pautas del comportamiento están basadas en una baja autoestima.
Por lo tanto, tenemos los dos extremos de una balanza que puede fluctuar entre el egocentrismo, y la compulsividad. En ese sutil equilibrio la balanza está inclinada hacia algún extremo y nos volvemos egocéntricos o nos quedamos vacíos.


Para corregir estos conceptos y volcarlos en un marco saludable, usaremos la imagen de un instrumento musical en armonía. Esta imagen es clara y llega adonde no pueden llegar las palabras. No es primero yo y luego los otros, ni es primero los otros y después yo . De ese modo estamos planteando el problema de forma equivocada. En una bella armonía, todo está en conjunción. El instrumento, el ejecutante, el que escucha, todo se funde y eso es la melodía. La melodía es presente irreptible y es tesoro en el encuentro. Es realidad, y no fantasía. Quizá no volverá a repertise pero la huella en el alma permanece. Si queremos explicar racionalmente por qué nos llegó al corazón, no podemos, tal vez en la explicación deformemos todo. Fijemos esto en el sentimiento: la melodía nos trasciende a todos, nos envuelve a todos, y no está ni en la técnica del ejecutante, ni su mente, ni en el instrumento, ni en el que escucha y se deleita. Está en todos lados. Ese es su misterio. Esto lo debemos comprender, porque el yo y el tú deben estar trascendidos en un misterio que nos engloba a ambos, y que es el nosotros.

En los casos que expresábamos antes, hay un denominador común entre aquel que se posterga siempre porque cree que no vale nada y aquel que sólo piensa en sus necesidades y está convencido de que sólo siendo feliz él mismo podrá satisfacer en una segunda etapa a los demás. Hay un desorden en ese amor primero, en la autoestima. En los dos casos uno cree que no vale, son las dos caras de una misma moneda.

Si soy de los que siempre se postergan, estoy esperando que los demás me den la valía que no puedo darme, por lo cual las personas se vuelven objetos que necesito para satisfacer esa ansiedad que me provoca el vacío de sentirme insignificante y poco digno.

Si soy de los que me vuelvo sobre mí, sobre mis ruidos, y trato de satisfacerme para luego llegar al otro, hay una sobrevaloración reactiva, es decir una búsqueda de mi propia valoración exhacerbándola, en reacción al otro. Sumado a esto, hay una confusión muy importante y muy común en esta época: la creencia de que amarse a uno mismo es buscar el placer propio por sobre todas las cosas. Así como dijimos que la esencia del amor al otro es el encuentro con el ser y la captación de los valores, el amor verdadero de sí es el encuentro con lo que soy, la aceptación y la certeza de mi tesoro interior, de mi luz. Desde ese lugar, todo es serenidad. Si llego a ese encuentro verdadero, no necesito postergar la entrega, y el encuentro con otros. No se convierten en antagónicos, son ambos en sí. Y trascienden la dimensión espacio-temporal.

Cuando ese amor primero no se dio naturalmente, viene el desorden. Y cuánto más baja es la autoestima, mayor es el egoismo, porque ese desorden es una fuente emisora de ruido desde adentro, es el bebé interior que llora sin parar y no nos deja en paz. Por eso las notas de mi instrumento interior que debieran ser una melodía personal, propia, son tan disonantes que no me permiten escuchar aquello que me rodea, y sólo invierto mi energía en calmar el ruido como puedo y nunca salgo de mi interior.


La armonía trasciende todo lo que la produce, la disonancia no. La disonancia es inmanente, no vuela, se queda atrapada en su propio enredo. Y poco a poco, el instrumento se va quedando sólo, nadie quiere escucharlo. El énfasis, la energía, el esfuerzo se sigue poniendo en la nota, en la cuerda que tengo que cambiar, se piensa todo el día en eso, y se dice “cuando cambie las clavijas”, “cuando esté afinado”, “lo que pasa es que el otro es sordo”, “no sabe apreciar la música”, “nadie comprende mis sonidos”... Hay que decir: Un momento!... no puedo salir de mí mismo. Y por eso, cada día estoy más solo!.

No es sencillo el camino para lograr esa armonía. Pero es importante no confundir la armonía. No llamar a las cosas con nombres cambiados. La baja autoestima no se cura con egocentrismo, ni tampoco tapando agujeros por todos lados. Hay que calmar al bebe interior que llora y llora. Esto se hace con amor. Pero no hay que olvidar que el amor es lazo de unión, que el amor vincula. Que es el amor de esa madre lo que aún falta, y que con amor de madre se curará. Amor de madre que atiende al bebé interior con ternura y que se irradia a toda la familia. El amor de la madre vincula al bebé con sus hermanos, y con el padre, y les enseña a todos ese secreto misterio del amarse con armonía. Ese amor se irradia a todo el hogar, y es una muestra de cómo debiéramos ser como personas. Por eso deberíamos recrear esta imagen y ser de alguna forma con nosotros mismos y con los demás tiernos y protectores. Todos tenemos en nuestro interior un bebé. Muchos aún lloran. Es preciso atenderlos.

Continuará...