|
EVANGELIO
DEL DIA >>
|
||
|
PREGUNTA
DEL DIA >> |
||
|
ORATORIO >> |
||
|
DEVOCIONES >> |
||
| VIDEOS | ||
| RAMILLETE ESPIRITUAL | ||


AMOR
A SI MISMO:
EL AMOR SEGUNDO.
Nuestra
historia afectiva comienza, como vimos, en esa
primera relación profunda y entrañable que nos albergó
desde el primer instante de vida y que marca con una huella
peculiar todas nuestra futuras relaciones.
Somos las dos cosas, por un lado la historia que hemos protagonizado, la suma
de las elecciones que hemos hecho en forma personal y responsable, pero tambien
somos una trama oscura, entretejida durante años, que a veces apenas
advertimos, y que influye pesadamente en nuestros actos.
Sumidos en el torbellino de vivir, nuestra autoestima a veces permanece herida.
Tal vez nos sintamos, en muchas circunstancias, poco dignos, frustrados, no
correspondidos porque en el fondo no sentimos ser valiosos o merecedores de
felicidad. Esta situación trae más fracasos que a su vez alimentan
más aún nuestro sentimiento frustrante. Este círculo
vicioso se realimenta durante años, y tal vez termina junto con nosotros.
Estamos frente a un vicio básico del amor al prójimo: la falta
de amor a nosotros mismos. Este vicio es estructural y se proyecta en el amor
al otro, al cual queremos ver felíz, a la vez que lo tratamos tan mal,
casi tanto como a nosotros mismos.
Nos proponemos metas que tratamos afanosamente de cumplir para sentirnos mejor.
Y eso ayudará en algunos casos; porque los resultados son, sin duda,
un estímulo. Un Yo Puedo!. Yo Quiero!...
Sin embargo, las metas forman parte del "hacer".Pero esto debe estar
sustentado en algo más personal, más profundo, en algo que es
del "ser". Por eso proponemos que el paso más importante
sea algo íntimo, único, situado en la médula de nuestro
yo: un acto de amor. Algo que dicho así puede parecer muy sencillo,
pero que para llevarlo a la realidad es sin duda algo difícil de lograr.
Realizaremos un pequeño ejercicio con la imaginación. Imaginemos
que estamos solos en una habitación pequeña, iluminada por una
luz cálida y tenue. Nadie nos observa. Un espejo en la pared nos devuelve
nuestra imagen, tal vez cansada, de expresión seria, preocupada. No
tenemos aquí que fingir, ni aparentar. Estamos solos... Relajemos nuestro
semblante, abandonemos por un momento nuestras cargas... Dejemoslas a un lado
como si fuera un pesada mochila que nos quitamos de encima. Y en esa soledad,
proponemos simplemente un abrazo a nosotros mismos... Pero un abrazo de corazón,
con ese corazón que llevamos adentro y al que tanto maltratamos, al
que tanto exijimos, que tanto dolor nos dá, que tantas penas acumula.
Primero con aceptación, luego con serenidad, finalmente con afecto,
con ternura... Reconozcernos a nosotros, a lo más auténtico
que hay en nuestro interior, a ese niño que nació dispuesto
a recibir amor, que fue creciendo, descubriendo, cerrando y abriendo puertas,
derramando lágrimas, sonriendo, quizá a escondidas, y que, poco
a poco, se convirtió en la persona que está hoy aquí.
El abrazo será finalmente tierno, cuidado, y tal vez traerá
lágrimas, tal vez alegría.
Nuestro ejercicio imaginativo así termina. Es más que nada una
experiencia afectiva si podemos realizarlo, si podemos llegar a nuestro corazón.
Tal vez estemos muy bloqueados, tal vez la imaginación no llegue al
sentimiento. Pero si no es hoy, será mañana, o pasado mañana.
No importa, es el camino.
La curación de la autoestima empieza con ese acto de amor. Esto en algunos casos es anterior a las metas, a las estrategias que podamos llevar a cabo para que nos vaya mejor. En ese abrazo abarcamos hasta lo más profundo nuestro, eso que a veces no nos animamos a mostrarle a nadie, y allí podemos reconocer nuestros límites, vislumbrar nuestras grandezas, darnos fuerza para aprender de los errores y encontrar alegría para celebrar los aciertos.
Un viento limpio y fuerte nos eleva y nos sentimos dignos para recorrer nuestro camino, único, que nadie puede hacer por nosotros.
Dijo
Fedor Dostoyevki que amar es "ver al otro como lo pensó Dios".
Este es el momento de hacernos ese regalo, de vernos a nosotros como nos pensó
Dios, de soltar nuestras alas y crecer en el amor para, con la alforja llena,
salir a sembrar y multiplicar los frutos.
Continuará...
